Félix Gazola

El Conde de Gazola

Por José Alberto Cepas Palanca. Primer vicesecretario de la Asociación Conde de Gazola.

Datos biográficos

Felice Gazola o Félix Gazola (Piacenza, Lombardía, 21 de octubre de 1698 - Madrid, cuatro de mayo de 1780) fue un conocedor, militar y aristócrata hispano-italiano de la corte de Carlos III, al que sirvió primero como duque de Parma, posteriormente como rey de Nápoles y desde 1759, como rey de España. Nació cuando su tierra estaba bajo influjo y dependencia política de España. Vivió y falleció soltero. Fue enterrado en la cripta de la Capilla de Nuestra Señora de Valbanera, en la madrileña iglesia de San Martín, abatida como otras por José I Bonaparte. Su cuerpo se trasladó posteriormente al museo del Ejército. Era hijo de Juan Ángel Gazola, capitán general de la Artillería de Parma y Plasencia, embajador en Londres y de una dama de la nobleza parmesana, Margarita Manli Mambriani. Emparentado con la familia Landi, General Gobernador de las Armas de la ciudad de Piacenza y embajador de los duques de Parma y Piacenza. Este último cargo permitió al joven Felice recorrer la mayor parte de las cortes europeas.

Títulos

Ostentaba los títulos de conde de Gazola (Gazola es una localidad italiana cercana a Piacenza), conde de Esparavera, de Ceretro-Landi y Macineso, títulos de concesión hispano-milanesa, Gentilhombre de Cámara, Comendador de la Orden de Santiago y Administrador de la Encomienda de Carrión en la Orden de Calatrava, Caballero de la Orden de Carlos III, Teniente General de los Ejércitos, Consejero del Consejo Supremo de Guerra, Comandante General del Real Cuerpo de Artillería, Coronel de sus cuatro batallones, Inspector General de la Artillería de América, Inspector de las Reales Fábricas de Armas y Municiones para el servicio de los Reales Ejércitos y Expediciones de Mar y Tierra, y Director del Real Colegio de Caballeros Cadetes de Segovia.

Algo de historia y cultura

Nuestro protagonista tenía algo más de 15 años cuando se firmó el infausto Tratado de Utrecht, el 11 de abril de 1713, que puso fin a la guerra de Sucesión de la Corona española, instalando en ella a los Borbones. En ese tratado, España renunció a Gibraltar y a todas sus posesiones europeas. Los territorios de Italia y los Países Bajos españoles pasaron a dominio del Imperio Austriaco, con excepción de la isla de Sicilia que se adjudicó a Saboya. Gazola y sus coetáneos eran ahora súbditos de los austriacos.

La política de Madrid cambió. El ambicioso cardenal Alberoni y la intrigante Isabel de Farnesio, princesa de Parma —segunda esposa de Felipe V que estuvo toda su vida obsesionada por colocar a los hijos que tuvo con Felipe V en reinos europeos— intentaron restablecer diplomáticamente una Italia influida para que España pudiera mantener rango de primera potencia europea y evitar la servidumbre de la rama primera de la nueva dinastía borbónica. Tras un desastroso desembarco en Cerdeña y Sicilia, defendida por la armada británica, el Congreso de Cambray, de 1721, buscaba el equilibrio entre potencias adjudicando al infante español Carlos – futuro Carlos III – los estados soberanos de Parma y Toscana. Éste, con 16 años, desembarcó en Liorna el 27 de diciembre de 1731, entró solemnemente en Florencia y tomó posesión de Parma el nueve de septiembre de 1732. Los ejércitos aliados eran mandados por José Carrillo de Albornoz y Montiel, conde de Montemar, que en la batalla de Guastalla, en 1734, obligó días después a los austriacos a abandonar los Ducados. Entre las filas españolas hizo sus primeros pinitos bélicos, con 17 años, Pedro Pablo Abarca de Bolea , futuro conde de Aranda, cuya carrera en las armas y en la política española fue larga y de notable influencia.

Se inició, entonces, una época de interés y recuperación de los antiguos dominios españoles en Italia, recién perdidos, así como una larga presencia de italianos en la vida española que preferían seguir ligados a la antigua Metrópoli y no al nuevo ocupante: políticos como el ya citado Alberoni, piacentino, al igual que Gazola; José Patiño , de Milán; Jerónimo Grimaldi , genovés; napolitanos como Leopoldo de Gregorio , marqués de Esquilache, y Giudice , que fue Inquisidor General, o como el príncipe de Cellamare , hábil político y diplomático.

España se llenó de italianos. Pintores como el veneciano Tiepolo , que siguió las huellas del napolitano Luca Giordano con sus espléndidos frescos en la escalera del Monasterio del Escorial. Arquitectos como Giaquinto y Juvara , sucedidos por el siciliano de Palermo, Francisco Sabattini, arquitecto militar e Inspector General del Cuerpo de Ingenieros, que dejó en Madrid grandes obras y construcciones. Había pues, pintores, políticos, militares, arquitectos, artistas como Amigoni , cantantes como Farinelli, músicos como Bocherini y Scarlatti que escribieron en Madrid sus obras más conocidas, marinos como Malaespina , comediantes e ingenieros.

En este ambiente y clima hay que situar la figura de Félix Gazola. Italiano que continuó sintiéndose ligado a su antigua patria, a la que prefiere servir en lugar de a los nuevos y extraños ocupantes austriacos. Ese mismo sentimiento de fidelidad acciona la política exterior española de Felipe V y de Isabel de Farnesio, aunque ésta por otras oscuras razones, ya comentadas. Primero, Cerdeña en 1717, y luego Sicilia en 1718, que vuelven a la órbita española. Poco después, el futuro Carlos III, es recibido en Florencia y Parma restaurando los Ducados de Piacenza y Guastalla a manos españolas.

Carlos, nacido en 1716, tiene 18 años cuando en 1734, inicia la reconquista de Nápoles, al frente de un ejército que atraviesa amistosamente los Estados Pontificios y que es acogido con simpatía en toda Italia, entrando triunfante en Nápoles, donde vence a los austriacos en la batalla de Bitonto (julio de 1734), próximo a Bari, en la costa adriática. La última reacción austriaca fue desbaratada por Carlos en Velletri (agosto de 1744), al sur de Roma, a cuyo lado ya cabalgaba el conde de Gazola, mayor en años pero con experiencia militar.

El conde Montemar ocupó Palermo y Messina, y Carlos fue coronado Rey de Sicilia en el verano de 1736, visitando en Roma al Papa Benedicto XIV, siendo reconocido como Rey de las dos Sicilias en el Congreso de Aquisgrán, el 30 de abril de 1748.

Las puertas de aquel reino se le habían abierto en medio de una cordialísima acogida. Los napolitanos no veían un rey propio desde Carlos V, y la Historia se volvía a repetirse. Al igual que Gonzalo Fernández de Córdoba, que en 1504 tomó Gaeta, cerrando su brillante campaña, ahora Carlos III aseguraba también en Gaeta su total posesión de la tierra napolitana, en donde permaneció 25 años, antes de venir a España, maduro ya, pasada la cuarentena.

Gazola en Nápoles. Pompeya y Pestum.

Gazola había jugado un papel importante en la reconquista italiana, frente a los austriacos, de su tierra milanesa, y ya había ganado los más altos grados colaborando en la expedición napolitana que terminó, con toda brillantez en la ocupación del antiguo Virreinato. Gazola inició su larga estancia napolitana empezando a recoger los honores de su fidelidad a su segunda patria española, y a la política común de ambos países. Allí fue Director General del Cuerpo de Artillería, con el grado de Teniente General, ganado en las guerras de Italia, antes y después de la conquista de Nápoles.

Gazola debió una ser una persona introvertida, moderada, parco en sus confidencias y de pocas palabras; culto, aficionado a la lectura, a la arqueología y a las Bellas Artes; al impulsar Carlos III las primeras excavaciones en Pompeya colaboró en los trabajos de excavación. Entre 1594 y 1600 el arquitecto Doménico Fontana, al construir un canal para llevar agua del río Sarno a Torre Anunziata, perforó la colonia de Pompeya, descubriendo ruinas, edificios e inscripciones, pero sin reconocer la ciudad. Fue en 1748, como consecuencia de hallazgos fortuitos, por iniciativa de Carlos III, cuando se iniciaron los trabajos sistemáticos de excavación, como ya se venía haciendo en la vecina Herculano. Se descubrió, en una primera fase, la Villa de Cicerón, la Vía de las Tumbas, la Villa de Diomedes, el Teatro, entre otros. Durante la invasión napoleónica, con el general Murat el frente, se reactivaron las excavaciones entre 1806 y 1815. Con alternancias se continuaron los trabajos, especialmente a partir de la creación del Reino de Italia en 1860.

En esos inicios de descubrimientos arqueológicos se encontraba Félix Gazola. También nuestro hombre intervino en la limpieza, consolidación y salvamento de los templos romanos y griegos de Pestum . El mérito de Gazola consiste en haber tenido la curiosidad intelectual y la intuición para iniciar la recuperación de aquellos lugares, desenterrándolos de la arena y la maleza. Posteriormente, en 1929, se descubrieron las esculturas del Templo de Hera, impulsándose las excavaciones. En 1968, inesperadamente, se descubrieron una seria de tumbas pintadas de una perfección y antigüedad impensables. Esculturas y templos de los siglos V, VI y VII a. C. Su amigo Sabatini le ayudó en el alzado de los dibujos y láminas que grabó Bertolozzi. La obra de Gazola, rescatando aquellos impresionantes lugares y pinturas históricas, abrió el camino entre la Europa culta de su tiempo, y ésta sola contribución obligaría a recordar elogiosamente el nombre de este insigne hispano-italiano. Al salir Gazola para España encargó al padre Sebastián Paoli la obra que escribió, que vio la luz en 1784, con el título “Rovine della cittá di Pesto detta ancora Posidonia” cuyo hallazgo tuvo lugar después de la campaña de Velletri. Paoli dijo: “Los ocios de la paz los ocupó Gazola en Nápoles en sacar del olvido las ruinas de Pestum”. El gran hallazgo hizo de Gazola un personaje de primer plano en el mundo cultural de la época, produciéndole también algunas contrariedades, pues se produjeron - como siempre pasa cuando se descubre algún hallazgo importante - publicaciones de planos y dibujos en cierto modo fraudulentos, y en parte incorrectos y plagiados, que se publicaron sin conocimiento ni autorización de Gazola. Después de muerto, el padre Paoli dejó las cosas en su punto, cumpliendo las instrucciones de Gazola, mediante la publicación de su obra, costeada por Carlos III. Gazola, en Nápoles ciudad, también colaboró en el campo artístico con Carlos III; el palacio de Capodimonte, el albergue dei Poveri, la fábrica de porcelanas, la Casa de Campo de Portici, la Cartuja de San Martin, el Teatro de San Carlos y el gran Palacio Real de Caserta. Llama la atención que en la vieja catedral del siglo XII, en la sepultura de Giácomo Galiano, dispuso que en su tumba, en 1542, se inscribiera en latín especificando claramente la prohibición de que se enterrasen en ella mujeres, lo que puede dar a pensar que lo hizo para evitar la promiscuidad, más allá de la muerte, o para prevenir que un descendiente femenino, al casarse, hiciese hueco en el lugar fúnebre a un ocupante extraño a la línea del fundador.

En resumen, se podría hablar de un trío cultural, reformista y casi inseparable: Carlos III, Gazola y Sabattini que en España desarrollaron sus ambiciones e ideas aplicando sus saberes.

Gazola en España

Nuestro protagonista forma parte del primer equipo napolitano que acompaña a Carlos III en 1760, y en el que forman parte Esquilache y Sabattini, con el Consejo vigilante del conde Tanucci , desde Nápoles.

En la España del el siglo XVIII disminuyó el número de inmigrantes, pero aumentó la calidad. Eran mejor acogidos los más distinguidos y selectos y se daba paso a la inmigración de elementos laboriosos, restringiendo a los pedigüeños e indeseables: buhoneros piamonteses, genoveses y malteses, a quienes se obligaba a incorporarse a un gremio y a cumplir con las leyes ordinarias. Se prohibió a los curanderos bearneses ejercer su oficio en los niños destinados a ser cantores de registros agudos, tan de moda en la música cantada y coral del tiempo. A los extranjeros permitidos a residir en España, se les eximía de hacer el servicio militar, pudiéndose instalarse en los puertos de mar. Madrid y Cádiz se convirtieron en núcleos importantes de inmigración.

El prestigio italiano de Gazola como referente, lo introduce directamente en la política bélica española. El Pacto de Familia de 1762, nos enfrentó, aliados con Francia, contra Inglaterra y Portugal, en cuya campaña, Gazola, como Comandante General de Artillería, a las órdenes del marqués de Sarriá, Jacobo Francisco Eduardo Fitz-James Stuart y Colón de Portugal, se distingue en el paso del Esla y en la ocupación de plazas portuguesas, siendo Almeida una de ellas. Con esto se termina la carrera militar activa de Félix Gazola, que ya tiene 64 años y se inicia su acción intelectual que se centra en la creación de la Academia de Artillería, instalada en el Alcázar de Segovia.

Fundador del Real Colegio de Artillería

Este prestigio de Gazola, como militar eficaz y hombre ilustrado, hace que Carlos III, en 1761, dos años después de su llegada al trono de España, reclame su presencia con la finalidad de realizar reformas en su artillería, y confiarle la misión de poner en marcha la creación y funcionamiento del Real Colegio de Artillería, en el Alcázar de Segovia. Ese mismo año, el dos de agosto, es nombrado Teniente General de los Reales Ejércitos y, poco después, Inspector General de Artillería. El proyecto de Gazola para la artillería española fue aprobado y publicado en 1763 con el título: “Reglamento del nuevo pie en que Su Majestad manda se establezca el Real Cuerpo de Artillería”, que define el alumnado al que se dirige como “hijosdalgo notorios, de buena traza y disposición personal”, y que fue la única que persistió de las otras creadas al mismo tiempo: la de Infantería de Ávila y del Puerto de Santa María, establecidas por O’Reilly, y la de Caballería, en Ocaña, por el general Ricardos.

El conde de Gazola con el Alcázar de Segovia al fondo.

En dicho Reglamento, se suprime el cadete de regimiento, creándose la compañía de caballeros cadetes como única procedencia de la oficialidad de artillería. Bajo su dirección, el Real Colegio de Artillería se vislumbra, desde sus inicios, como un centro educativo extraordinario, que alcanzó gran prestigio y consideración no solo por su ejemplar organización y el nivel de sus estudios específicamente artilleros, sino por la probada altura científica de sus oficiales, profesores y alumnos. Gazola, consciente de la responsabilidad contraída, atiende prioritariamente la necesidad de contar con un eficiente cuadro de profesores, prestando una meditada elección del mismo, pero, especialmente, del primer profesor que pusiera en marcha su proyecto educativo, siendo designado el jesuita padre Antonio Eximeno Pujades, como Jefe de Estudios y profesor de matemáticas. Entre sus principales profesores se encontraba el químico francés, Joseph Louis Proust, que dio clases de metalurgia y química.

Un alto nivel de consideración social y una paga decorosa resucitó en la nobleza española su vocación militar, prácticamente dormida. En tiempos de Carlos III llegó a haber 2.000 aspirantes para 200 plazas de cadetes. Mientras la tropa procedía de levas o reclutamientos en los que hubo bastantes dificultades y resistencias, aumentadas por el malestar ante las numerosas exenciones, como la inmunidad de que disfrutaba la Corte.

Gazola y la ilustración española

La ilustración, bajo la batuta y las ideas de Carlos III cayó en España como una tromba de agua. Se celebraban con un entusiasmo casi religioso, los bienes de la cultura y el saber. Intelectuales como Feijoo, Martín Sarmiento, Campomanes, Moratín, Cienfuegos, Jovellanos, Cadalso, Martínez Valdés, Tavira, Urquijo, Marchena, Juan Antonio Llorente, Juan Pablo Forner revolucionaron el país de arriba abajo. Se reformaron las universidades de Salamanca y Alcalá de Henares. Se exaltó el arte en la Juntas Públicas de la Real Academia de Bellas Artes. Se editaron muchos periódicos; “Semanario Económico”, “Diario Pinciano”, “Correo Literario”, “Semanario Erudito”. Se reformó la vida universitaria comenzando por los Colegios Mayores.

Se abrió España a los extranjeros sintiendo la necesidad de conocer otros países y beneficiarse de sus progresos. Antonio Ponz, Moratín, Jovellanos, Iriarte, Viera y Clavijo, entre otros, viajan primero por España y luego recorren Europa para dar a conocer sus experiencias. Al igual que Jovellanos, que no salió de España, Gazola sólo se movió entre su Italia nativa y su España de adopción. Los artistas extranjeros también están presentes en la España ilustrada: pintores como Mengs, escultores como Robert Michel, arquitectos de la talla de Cartier, y Jacques Marquet, el ingeniero Charles Le Maur abre el paso de Despeñaperros, el irlandés Dowling dirige la fábrica de San Ildefonso, el sueco Loefling organiza el Jardín Botánico. La defensa y el cultivo de la lengua se defendieron como expresión nacional. Se creó el Colegio de Cirugía en Cádiz, Barcelona, y el de San Carlos en Madrid. Mutis, promotor de su famosa expedición científica, enseñó en Bogotá la ciencia copernicana frente a la Ptolomeo, todavía en boga. Todo ello compatible con una estabilidad de la fe tradicional, como código de valores morales útiles, para una sociedad moderada por el buen gobierno. En 1780, Carlos III decreta la reforma del protomedicato con enseñanzas nuevas y más rigurosas. En el cielo de Madrid se elevaba el primer globo aerostático como símbolo de los nuevos tiempos. El científico, Jorge Juan, de vuelta de su viaje de observación a América Meridional, publicó sus renovadoras “Observaciones astronómicas y físicas”.

No se produjo ruptura alguna entre la religión tradicional y la nueva filosofía, ni entre la historia nacional y la deseada incorporación al pensamiento europeo moderno. A esa España en marcha se había incorporado Gazola, en la cúspide de su experiencia vital, y en la madurez de sus años y de sus vivencias intelectuales. Hombre de acción y lectura, apenas llegado a España recibe el encargo de fundar lo que había de ser el vivero de un Arma que precisaba de nuevos conocimientos: matemáticas, química, metalografía. La reorganización del ejército de los Borbones, su tecnificación, marcaba la ocasión para hombres como Gazola, militar de oficio, lector, coleccionista y bibliófilo por afición bien definida.

Sus coetáneos más perspicaces se concienciaron de la importancia de la institución fundada por Gazola. El historiador de Carlos III decía de él: “Era Gazola hombre de mérito, y puso la artillería en el pie más brillante. Estableció Gazola, en el Alcázar de Segovia, un Colegio para su Cuerpo que no puede mejorarse”. El prestigio inicial del Colegio de Segovia, le dispensó privilegios totalmente inusuales. En 1773, el Inquisidor General, Quintano Bonifaz, concede a la Academia la facultad de adquirir y guardar libros prohibidos, a petición del primer bibliotecario del Alcázar, el también italiano Vimescanti, que lo era desde 1770.

El Colegio Academia de Segovia

Cuando Gazola llega a Segovia, desechando otros lugares, decide proponer el Alcázar como sede del nuevo Colegio, cerca de La Granja, donde reside su protectora y paisana, Isabel de Farnesio, que fallece en 1766. La Corte próxima en La Granja había centrado a muchos italianos en la Segovia de aquellos días que trabajaban en el Palacio, así como, en el de Riofrío, fundado por ella como pabellón de caza. Sabattini y el italiano Vendetti trabajaron en el Altar Mayor de la Catedral de la ciudad en las estatuas de San Frutos y San Goroteo.

El Alcázar de Segovia

El 18 de mayo de 1764 se inaugura el nuevo centro con la lección inaugural que pronuncia el valenciano jesuita Eximeno Pujades, que había sido por decisión de Gazola, y consejo de Sabattini, nombrado Jefe de Estudios y profesor de matemáticas. Eximeno pronuncia su espléndida exposición titulada: “La importancia del Estudio de la Teórica para desempeñar la Práctica el Real Servicio de S.M”. Completa sus brillantes palabras con una elocuente exhortación dirigida a los jóvenes cadetes, en las que proclama que la finalidad perseguida era la de crear un colegio de héroes que propagase en España el talento y el espíritu militar. Hizo énfasis al destino al que eran llamados, a la importancia del trabajo en el estudio, a la fatiga de la campaña, de la subordinación, la galantería en el trato, la conquista de los estrados y el respeto a las cosas de la religión.

Actuación de Gazola durante el motín de Esquilache

Gazola, que ya tenía 66 años, todavía ejercía funciones importantes en su vida, compartida entre Segovia y Madrid, cerca del rey, con la antigua amistad italiana de muchos años. Su opinión, en momentos decisivos, fue muy tenida en consideración. Ejemplo de ello fue su opinión durante el motín de Esquilache. El 23 de marzo de 1766 se produce en Madrid un hecho peligroso. La multitud se queja de las nuevas normas sobre la vestimenta tradicional española —evitar la capa larga y el sombrero de alas anchas (chambergo) -, añadido por las malas cosechas, el alza de precios, el acaparamiento, la escasez del pan por lo que solicitan la destitución del marqués de Esquilache, a quien se culpaba de los males de la situación. La turba, después de provocar graves sucesos en Madrid, invade la plaza de la Armería del Palacio Real exigiendo la comparecencia de Carlos III en el balcón de Palacio. Para afrontar la situación y adoptar las medidas pertinentes, se reúne bajo la presidencia del rey un Consejo Militar, en el que participan altos jefes militares, Gazola está como Comandante General de la Artillería; junto al duque de Arcos, Teniente General y Capitán de la Compañía de Guardias de Corps; el conde de Priego, Coronel de las Guardias Walonas; el marqués de Sarriá, Coronel de las Guardias Españolas; el conde de Oñate, Presidente del Consejo de Guerra, y el conde de Revillagigedo, único civil de la reunión. Las opiniones se dividen entre la dureza y la contemporización. Gazola es de los que propone actuar con energía, como Priego y Arcos, mientras el resto aconsejaban al rey moderación, y parlamentar con los amotinados, alegando que algunas de las peticiones eran justas. Carlos III se inclina por la moderación, saliendo en dos ocasiones al balcón, prometiendo, en términos de conciliación, recibir y estudiar las demandas. Fue una situación inesperada, en una España relativamente tranquila. Aunque el rey desoyó tales consejos y optó por conceder a éstos sus peticiones y desterrar a Esquilache, debilitó el poder de sus consejeros italianos en beneficio de aristócratas españoles como el conde de Aranda. Finalmente, el asunto se arregló a medias.

Los sastres acortando las capas en plena calle

Los títulos que ostentaba Gazola le proporcionaban unos ingresos superiores a los 14.000 reales mensuales, cantidad muy alta si se tiene en cuenta que un Coronel-Comandante de Distrito ganaba unos 2.200 y un profesor de la Academia de Segovia no pasaba de los 800.

La confianza del rey Carlos III en su gusto artístico hizo que en ese mismo año de 1764 recibiera el encargo de decorar el Salón del Trono del Palacio Real de Madrid, cuyo techo ya había sido pintado por Giovanni Battista Tiepolo. Recurrió a artistas y artesanos napolitanos. La decoración se terminó de montar en 1772.

Final

La uremia, la artritis, el reumatismo y sus secuelas, habían limitado mucho las actividades del viejo General, que en sus últimos años se vio obligado a permanecer en un asiento, del que no podía levantarse sin la ayuda de dos sirvientes, saliendo de casa, raramente, en una carroza en compañía de “un pobre mártir oficial de Artillería, que detestaba su mala suerte, cargando conmigo como con un saco de paja”, según escribía Gazola a su amigo Luigi Viviani en 1774. Desde 1777, Gazola está muy enfermo. Padece gota y melancolía que le causaba —según él— “el no hallar alivio alguno”. Su ayuda de cámara Vicente Maduci le asistió durante tres años, haciéndole sangrías, y dándole medicinas, ungüentos, cantáridas y sinapismos.

Gazola muere sin familia, como había vivido, en su casa de Madrid, —tenía dos casas más en Segovia y en Piacenza— calle de San Bernardino, entre las actuales de San Bernardo y Plaza de España, el cuatro de mayo de 1780, a los 82 años de edad.

Para finalizar, comentar que Gazola, al ser un hombre culto, era muy dado a las colecciones, todas relaciones con la cultura: todo tipo de libros, mapas, cuadros y pinturas, grabados, láminas, tapices, joyas, adornos, antigüedades arqueológicas, esculturas, monedas, ornamentos de oro y plata, relojes, vajillas, cuberterías, cristalerías, piezas de cobre, de loza, cristal, vidrieras, ropas (su color preferido era el negro), fusiles y armas cortas, berlinas y carruajes, muebles antiguos.

Como curiosidad, en la página 39 de la obra “La Massoneria nelle due Sicilie: E i fratelli meridionali del… Volumen 2”, cuyo autor es Ruggiero Di Castiglione, especifica que en un viaje a Londres, Gazola se afilió a la masonería.


Bibliografía: PÉREZ VILLANUEVA, Joaquín. El conde Félix Gazola. Primer Director del Real Colegio de Artillería.